EL EXTRAORDINARIO LEGADO DE LOUIS BRAILLE
Por: Jorge Pulido
Presidente Fundador de Contacto Braille A.
C.
Un enorme abismo de tiempo aisló a los
ciegos del resto de la humanidad desde la creación de los
primeros alfabetos gráficos hasta la genial invención del método
de lectura y escritura creado en 1825 por el francés Louis
braille.
Durante muchísimas centurias los faltos del
sentido de la vista vivieron sumergidos en las tinieblas más
profundas de la ignorancia, ajenos a la educación y la cultura.
Ahora todo es distinto, los ciegos disponen de un alfabeto que
propicia su plena incorporación a todos los ámbitos de la vida
social.
Louis Braille nació a principios del siglo
XIX, el 4 de enero de 1809, en Coupvrey, un pueblito localizado
a unos cuantos kilómetros de la ciudad de París. Fue el último
de los cuatro hijos procreados por el matrimonio de Mónica y
Simón Braille. Su padre tenía un taller de talabartería;
fabricaba arneses y otras guarniciones de cuero. Utilizaba con
frecuencia afiladas herramientas para cortar y perforar el
cuero.
Un día, a la edad de tres años, Louis
estaba jugando con una lezna de su papá, cuando accidentalmente
se lesionó un ojo. En un principio, dicho percance no pareció de
gravedad, sin embargo, la herida se infectó y pocos días
después, el otro ojo también se dañó. Fueron inútiles los
esfuerzos de los médicos de la época y al cabo de los meses el
niño perdió la vista por completo.
A partir de ese momento, su madre se
encargó de leerle en voz alta libros de historia y geografía;
pero, una vez que cumplió los nueve años de edad, agotados ya
sus conocimientos, confió su educación a Antoine Bécheret, el
maestro del pueblo. Pocas semanas le bastaron al docente para
reconocer que el niño era sumamente inteligente y aplicado, pero
que sólo podría conformarse con escuchar y memorizar las
lecciones, ya que estaba imposibilitado para leer y escribir
como los demás niños.
Por su parte, su progenitor colaboró de
tiempo completo con el profesor Bécheret en la educación de su
hijo ciego. Así pasó muchas horas del día en su taller
remachando clavos de bronce, sobre finas tiras de madera, con la
forma gráfica de las letras del alfabeto... clavos con la cabeza
redondeada para no lastimar los sensibles dedos de Louis, las
cuales formaban palabras, frases, nombres...
UN MUNDO DE PENURIAS
El maestro apreciaba mucho la dedicación
del padre, pero comprendía que no bastaba con eso. En tales
circunstancias, el mentor hizo todos los esfuerzos a su alcance
para lograr que el niño fuera a estudiar a París. En vista de la
preocupación de los padres y la capacidad e interés de Louis por
aprender, el señor Bécheret se puso en contacto con el granjero
Michel, padrino de Luis y con el señor Du Bois, gran amigo de la
familia, para que le ayudaran a convencer a Simón Braille y,
sobre todo, a Mónica, su madre, de que esa solución era la más
recomendable.
Muy a pesar de las nobles intenciones y
resuelta disposición del maestro, hubo que solucionar antes la
falta de dinero para costear los gastos concernientes al
traslado de Louis a París donde estudiaría en una institución
para ciegos. Entonces, en compañía del cura de Coupvrey que
también estaba convencido de la inteligencia del niño, se
pusieron en contacto con la Marquesa D'Orvilliers, dama generosa
y solícita, dueña de vastas tierras y de un enorme castillo en
la misma comarca francesa, para interesarla en la educación del
pequeño ciego y que hiciera todo lo posible para otorgarle una
beca.
Las condiciones del Instituto Real de
Jóvenes ciegos eran por demás deplorables a primera vista. La
apariencia del local eran no sólo deprimente por su aspecto
físico, sino también era bastante insalubre, debido a que estaba
localizado en la calle Saint-Victor número 68, rodeado de otros
edificios vetustos, y se hallaba enclavado en uno de los más
miserables barrios de la capital, cargado de humedad y
pestilentes olores, provenientes de un río aledaño.
La permanencia en aquella institución para
ciegos se tornaba aún más difícil debido a la rígida disciplina
ejercida sobre el alumnado. Los estudiantes que mostraban un mal
comportamiento eran cruelmente golpeados, encerrados en lóbregos
calabozos y alimentados con míseras raciones de pan duro y agua.
De hecho, esta clase de disciplina era común en muchas de las
escuelas europeas. En tales circunstancias, la mayoría de los
niños por aquellos días abandonaban los estudios a los doce años
de edad prefiriendo trabajar en las fábricas y las minas.
En la escuela para ciegos, los alumnos eran
adiestrados en algunos oficios como la fabricación de pantuflas,
para que al salir pudieran ser capaces de ganarse la vida. Una
vez por semana, después del almuerzo, los niños eran llevados a
caminar por el parque, unidos por una cuerda.
CÓDIGO SECRETO
Ya en el Instituto Real de Jóvenes Ciegos,
de inmediato Louis braille indagó si había libros para ciegos.
Uno de los maestros lo puso al tanto sobre las características
de los únicos 14 volúmenes existentes. Éstos tenían grandes
letras realzadas en cada una de sus páginas, caracteres comunes
hechos con alambres retorcidos, de acuerdo al método diseñado
treinta años atrás por el filántropo francés Valentín Haüy; los
libros eran demasiado pesados y voluminosos. Además, su
impresión resultaba muy costosa.
En muy poco tiempo, Louis los leyó todos.
Recorría pausadamente con las yemas de sus dedos cada una de las
letras que conformaban las palabras, pero le tomaba mucho tiempo
leer una oración. Tardaba varios segundos en terminar cada
palabra y cuando llegaba al final de la oración, casi había
olvidado de qué se trataba el principio. A pesar de su corta
edad, Louis se aboco desde ese momento a idear un alfabeto que
pudiera ser leído y escrito por los carentes de vista sin
ninguna dificultad.
El ingenio y la creatividad de Louis se
pusieron de manifiesto en el rápido aprendizaje y ejecución de
instrumentos musicales. Desde muy temprana edad había aprendido
a tocar el cello y el órgano. La música fue realmente su primer
amor y su talento le permitió ser organista en diversas iglesias
de París, lo cual le permitió ganarse algunos centavos.
El adolescente tenía mucha confianza en sus
habilidades creativas. Sabía que era inteligente y su talento
musical era la prueba de lo mucho que podía lograr si se le daba
una oportunidad. Además, era asombrosa su capacidad de
razonamiento y su vivaz intuición.
Un día, el Coronel Charles Barbier visitó
la escuela y les mostró a los pequeños ciegos un código
alfabético que era usado por el ejército francés para enviar
mensajes secretos entre los soldados durante la contienda. Los
mensajes no podían ser escritos en un papel con caracteres
gráficos, porque el soldado tenía que encender un cerillo para
leerlos, y esa simple llama lo convertiría en blanco fácil para
los disparos de sus adversarios. El código consistía en una
serie de puntos y guiones escritos en relieve sobre el papel,
para que los soldados pudieran descifrarlos al pasar sus dedos
sobre los signos.
Louis probó entusiasmado el código. Era
mucho mejor que leer los bromosos libros con grandes letras en
relieve. Sin embargo, el código militar seguía pareciéndole
lento y engorroso. Los puntos ocupaban mucho espacio en cada
página, por lo que sólo cabían una o dos frases. Él sabía que
podía mejorar de alguna manera ese alfabeto.
Durante sus vacaciones, dedicó todo su
tiempo a trabajar en la creación de un alfabeto que permitiera a
los ciegos leer y escribir por medio del tacto. Para empezar,
redujo la cantidad de puntos del código de Barbier y suprimió
los guiones. Determinó, luego de varias cavilaciones, que
agrupando tan sólo seis puntos era más que suficiente para
formar letras, números y signos de puntuación. Alineó los seis
puntos en dos columnas verticales como sucede con la ficha de
seis del dominó. A partir de esos seis puntos básicos, que llamó
"signo generador", concibió 64 combinaciones distintas, incluido
el espacio en blanco entre palabras. Una vez determinadas las
distintas combinaciones de puntos para el alfabeto, tomó uno de
los punzones del tallercito de talabartería de su padre y
escribió en una cartulina unas cuantas palabras, que luego leyó
sin dificultad. Advirtió que los puntos se amoldaban
perfectamente al tamaño de la yema de los dedos. Todo tenía
sentido. La única diferencia fue, que al escribirlo, lo hacía
por el reverso de la hoja de papel grabando los puntos de
derecha a izquierda.
Entusiasmado por los resultados iniciales,
Louis braille inventó otras combinaciones de puntos: dispuso un
signo propio para señalar las mayúsculas y otro más para
distinguir los números. Aún más, para compactar y aligerar la
lectura y la escritura estableció una tablatura de signos
especiales para la musicografía, las matemáticas y la
estenografía. De esta suerte, en 1827, cuando Louis acababa de
cumplir 18 años, fue publicado el primer libro impreso en
Braille.
RECONOCIMIENTO PÓSTUMO
El método de lectoescritura inventado por
Louis Braille tardó en imponerse, a pesar de que los ciegos se
daban perfecta cuenta de que era el sistema más práctico y
accesible en comparación con los utilizados hasta entonces. Los
educadores videntes se resistían a aceptarlo porque "dado su
convencionalismo -decían- aparta a los ciegos del mundo de los
videntes". Los que afirmaban esto no tenían en cuenta las
ventajas que para los ciegos presenta el punto sobre el trazo
continuo. El punto, como elemento simple, ofrece una mayor
adecuación al tacto que los caracteres convencionales, mucho más
complejos, y compuestos de un entramado de líneas rectas y
curvas, adecuados para ser percibidos sin mayor dificultad por
el ojo humano. Estos últimos, en cambio, se adaptan
perfectamente a la vista, sentido sintético: mientras que el
tacto, procediendo por análisis, encuentra en el punto el
elemento de captación ideal: el sistema discontinuo de puntos
inventado por Louis Braille coincide con las características
fisiológicas del tacto, ya que las papilas sensoriales están
también distribuidas de manera discontinua en la yema de los
dedos.
El nuevo sistema no fue aceptado de
inmediato. La gente que podía ver no entendía qué tan útil podía
ser el sistema Braille y un maestro de la escuela de ciegos
inclusive llegó a prohibir a sus estudiantes aprenderlo. Por
fortuna, esto solamente tuvo el efecto de motivarlos más y los
niños comenzaron a aprenderlo en secreto. Eventualmente, todos
empezaron a darse cuenta de los beneficios del nuevo sistema.
De este modo, las personas ciegas no sólo
podían leer Braille, sino que también podían escribirlo,
utilizando un punzón y una placa de madera con cuadratines donde
se amoldaban en forma simétrica los seis puntos básicos
necesarios para grabar cada uno de los signos.
Entre los años 1827 y 1828 se
transcribieron manualmente los primeros libros al nuevo sistema.
En 1829 se publicó también a mano el "Método para escribir
palabras, música y canciones sencillas mediante la nueva
signografía, escrito por Louis Braille. La primera obra hecha en
una imprenta para la producción de libros en el nuevo Sistema
fue una Historia de Francia publicada en tres tomos en 1837.
Por primera vez en la historia de la
humanidad los ciegos podían leer y escribir, tomar notas, copiar
apuntes, escribir y recibir cartas que podían leerlas
personalmente. Así terminó la época del oscurantismo intelectual
de los ciegos abriéndose entonces nuevos caminos más promisorios
para ellos.
En muy poco tiempo, Louis Braille se
convirtió en maestro de la escuela donde había estudiado. Era
admirado y respetado por sus alumnos, pero desafortunadamente
murió muy joven, a los 43 años, víctima de la tuberculosis. Por
un tiempo parecía que su innovador sistema también se
extinguiría para siempre.
Dos años después de la muerte del inventor
del método Braille, ocurrida en enero de 1852, fue reconocido
oficialmente en Francia como el sistema de escritura y lectura
para ciegos. Pronto se adoptó en Suiza, y más adelante en
Alemania.
En 1878 se celebró en París un congreso de
varias naciones europeas para la evaluación de los distintos
métodos de impresión y escritura para ciegos, y se acordó la
adopción del Sistema que desde entonces se viene utilizando.
Los ciegos ingleses aprobaron su
utilización en 1883, tras el establecimiento de un comité
técnico formado por personas ciegas presidido por el doctor
Thomas Armitage, fundador de la Asociación Británica y
Extranjera para la Promoción de la Educación de los Ciegos. Con
el paso del tiempo, dicho grupo creció rápidamente y se
convirtió en el Real Instituto Nacional de Ciegos, la mayor
organización británica para faltos de vista y la principal
editorial Braille en Europa.
Finalmente, a lo largo del siglo Veinte se
generalizó el Sistema Braille como método de escritura para los
ciegos entre los países asiáticos los arábigos y los de Oceanía.
Poco antes de concluir el siglo XX, se adoptó este mismo método
de lectoescritura en lengua guaraní.
Poco a poco, entraron en contacto con
instituciones para ciegos de otros países y el uso del sistema
Braille fue extendiéndose. Años más adelante, se diseñó una
máquina de escribir que facilitó enormemente la escritura en
Braille y al mismo tiempo se perfeccionaron los sistemas de
impresión mecánica.
En 1882, se instaló la primera prensa
mecánica Braille, que permitió la rápida publicación de miles de
libros y revistas para ciegos.
Para 1890, el sistema Braille ya era
utilizado, por fin, en prácticamente todos los países del mundo
y había sido adaptado a casi todos los idiomas conocidos,
incluidos, el albanés y el zulú.